13 septiembre / 25 octubre. C/ Andrés Arteaga 16 (Madrid).
El paisaje es, como lo describe nuestro artista José Luis Romero, revelación. Se revela ante nosotros como objeto estético en su contemplación, pero también revela quiénes somos y qué queremos ser. El paisaje es surgente y sugerente a un tiempo, y cada uno surge y sugiere cosas distintas.
Una montaña en brumas surge de manera paulatina en su velarse y desvelarse, y así, sugiere una atmósfera de misterio, un tiempo de lentitud, un ánimo de recogimiento. Rascacielos enhiestos, cuyas cúspides surgen del gris de la contaminación hasta alcanzar el azul del cielo, sugieren una atmósfera opresiva, un tiempo de vértigos, un ánimo de huida y lucro.
Los paisajes, en su surgir, hablan. Unos hablan de nosotros, otros, hablan de sí mismos, y es el horizonte la voz del paisaje. El horizonte, ese engarce de la verticalidad, tiene el privilegio estético, como escribe José Luis Romero, de organizar el espacio pictórico, pero también el privilegio metafísico de organizar nuestro espacio antropológico. El horizonte es el límite de nuestras expectativas porque delimita el lugar que ocupa el ser humano. Arriba, al norte del horizonte, viven los astros, comienza la ingravidez. Pero abajo está nuestra morada, el ser humano encuentra su lugar natural en el sur del horizonte, él es nuestra ley de la gravedad.

El horizonte, decía José Ortega y Gasset, “es una línea biológica, un órgano viviente de nuestro ser, mientras gozamos de plenitud, el horizonte, emigra, se dilata, ondula, elástico, casi al compás de nuestra respiración”. Amplitud es, por tanto, plenitud. A mayor amplitud del horizonte, mayor plenitud vital de quien lo contempla y habita.
La obra de José Luis Romero es la celebración de esa plenitud. Sus paisajes son de aquellos que, en lugar de hablar de nosotros, hablan de sí mismos. Paisajes que, en lugar de definirnos, nos liberan para poder imaginarnos. El sur del horizonte es el protagonista en los paisajes que aquí exponemos, y su exposición, nuestra manera de reivindicar la subjetividad del paisaje.
Álvaro San Román